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Paime
Rincón literario
Síndrome de dependencia de alcohol. Con consumo continuo F10.25 [CIE-10]
Síndrome de dependencia de alcohol. Con consumo continuo F10.25 [CIE-10]
El Médico Enfermo (2) A.R. Psiquiatra del PAIME
“La conciencia subjetiva de la compulsión al consumo suele presentarse cuando se intenta frenar o controlar el consumo de la sustancia” [CIE-10]
El quinto güisqui de la noche me produce la laxitud necesaria para descansar -porfin- mi rígido cuerpo a lo largo y ancho del sofá. El estado melancólico de mi mente, preso a convertirse en vergüenza y culpabilidad no es óbica para conseguir esta sensación de casi flotar en el amplio salón desierto de mi casa: llegué al nirvana. Todos duermen, o tal vez, todos están a la expectativa de hacia dónde derivará esta situación que habitualmente finaliza con caídas por el pasillo y vómitos en el cuarto de baño -cuando llego a él- y el despertar -si es que dormía- asustado y paciente de mi mujer que ya no me hace reproches, me ayuda a llegar hasta la cama después de lavarme la cara y cambiarme el pijama sin decir más palabras que ¡Ay Dios mío! una y veinte veces que percibo como punzantes insultos; hasta ahí llega mi arrogancia, que aún obnubilado, casi anestesiado, no logro domeñar, y tras la aparente lejanía de la intoxicación, nunca logro aceptar la más mínima reprobación.
Orgullo mal entendido, egocentrismo, prepotencia, vergüenza improductiva, culpabilidad sin remordimiento, sentimiento de superioridad a ultranza... ¿cómo yo, hecho un guiñapo, puedo pretender, hasta en la sima del indecoro, hasta en la más patética situación de desamparo y necesidad de ayuda... cómo yo -me repito una y otra vez- puedo pretender ser considerado un profesional admirado y competitivo, un triunfador social? Justo ahora, antes de entrar en esta fase de paralización que me despoja de humanidad y me animaliza hasta necesitar que mi mujer me instale en la cama como se encierra a un cerdo en su cochiquera, justo ahora que por fin llegó la ataraxia, es cuando puedo pensar -sin resistencia- en lo que me rodea en esta buena casa de tres plantas con jardín, y aguantar la frustración familiar sin ahogarme: el chico mayor llega tarde casi todas las noches, pasa como una exhalación hasta su cuarto, y allí duerme la borrachera; la chica, siempre triste y enojada con su madre, me reprocha que beba con duras palabras y vuelve a su obsesión por la delgadez y sus rituales anoréxicos; el pequeño, siete años, absorbe el clima familiar anómalo, llora en solitario y se encierra, cada vez más, en sí mismo.
¡Y mi mujer! Desbordada; de siempre muy sensible a la opinión de los demás, lucha infructuosamente por conseguir un orden interno y, sobre todo, por ofrecer -ante los demás- una imagen familiar de concordia y bienestar, ¡pobrecita!
¡Y yo! Día sí y día no, cuando no todos los días, vícitma de mi deseo compulsivo de llegar a este momento de lucidez tristísima y a la anestesiante sensación de que -a pesar de todo- no pasa nada. En un instante, cuando este breve paréntesis de anodinia pase, voy a perder el control de mi cuerpo, los miembros se van a emancipar del dominio cerebral -tambien la vejiga- y a trompicones llegaré, o no, al baño y me golpearé con las paredes hasta que mi mujer me meta en la cama a la espera de que la intoxicación me haga dormir unas horas; tras una ducha, en el Hospital a las 8. ¡Socorro! Necesito ayu...








